Anekdotas del saléu nes buries agües de internete.
Anekdotas de la navegación en las borrascosas aguas de internete.

12 marzo 2006

mientrastanto.e

Número 34
Marzo de 2005
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Sector energético y “opas”


¿Qué está pasando en el sector de la energía? El Real Decreto del gobierno español destinado a incrementar las competencias de la Comisión Nacional de la Energía está explícitamente destinado a asegurarse que la eventual entrada de capital alemán no suponga una merma en los servicios a los ciudadanos (como la mejora de redes o el abastecimiento de lugares no rentables). El español no es el único gobierno de la UE que resiste al ultraliberalismo de la Comisión Europea: también lo están haciendo, en el campo energético, Francia, Alemania, Italia, Grecia, Portugal y Austria, que se resisten a “soltar” el control de la producción y distribución de electricidad y gas y toman cautelas para evitar que caigan en manos extranjeras, lo cual frena la presión de la Comisión Europea hacia la mayor liberalización y privatización. En todos los países mencionados no sólo se protege el capital nacional, sino la presencia de capital público en las empresas. El ultraliberalismo encuentra, pues, resistencia hasta en muchos gobiernos, lo cual es una buena noticia.

Desde algunos gobiernos se habla ahora de “patriotismo económico”, como ha hecho el primer ministro francés Dominique de Villepin, diciendo que “no es proteccionismo, sino una herramienta de cohesión social y condición de una inserción exitosa en la globalización” (para justificar el veto de su gobierno a la absorción de la francesa Danone por la norteamericana Pepsico).

Pero la situación es confusa. Volviendo al sector energético, el mismo Villepin, por ejemplo, anunció el 24 de octubre de 2005 para una fecha próxima la “privatización parcial” de la empresa estatal francesa de electricidad EDF, provocando la reacción de los tres grandes sindicatos, que preparan movilizaciones. El primer ministro, consciente de la resistencia sindical y política y del amplio apego popular a los servicios públicos entre la población francesa, aseguró que el estado conservará el 85% del capital, argumentándolo así: “En un sector en que la visión a largo plazo es esencial, quiero que el Estado pueda guiar las decisiones [bajo el criterio del] interés general”. En la prevista fusión de Gaz de France con Suez se prevé la privatización con una participación estatal del 34% del capital, que es una minoría de bloqueo para impedir futuras opas de empresas extranjeras. Aquí el “interés nacional” (decir “general” tal vez es demasiado) se defiende con más timidez, pero se defiende. Francia y Alemania no han completado la privatización de sectores estratégicos, como la energía y las telecomunicaciones, hasta el punto que algunos analistas se inquietan del supuesto rebrote de proteccionismo (hay quien habla de “neoproteccionismo”) y de nacionalismo que frenaría la integración europea.

Estos vaivenes entre las presiones privatizadoras de las instancias ejecutivas europeas y los intereses “nacionales” de los gobiernos tienen gran interés para la izquierda, puesto que revelan las dificultades de las privatizaciones de sectores tan sensibles como el energético. La izquierda debería intervenir en el debate con una defensa clara de la intervención pública y de la provisión de energía como servicio público fundamental. Es lo que de algún modo está haciendo la izquierda francesa, en un país donde la defensa de los servicios públicos es muy popular entre la población. (La noción de servicio público se traduce en cuestiones muy concretas, como la mencionada del abastecimiento de lugares no rentables o como la siguiente: en el reciente “contrato de servicio público” entre EDF y el Estado francés se establece, entre otras cosas, que la compañía durante el invierno no podrá interrumpir el suministro a los hogares sin medios económicos aunque éstos no puedan pagar sus facturas. En otras palabras, se sustrae el fluido eléctrico a la lógica del mercado en ciertas circunstancias para garantizar que la empresa funcione según la lógica de un servicio público, redistributivo, accesible a toda la ciudadanía.)

No tiene sentido que un sector tan fundamental no sólo para la economía, sino para toda la vida social y para todas las actividades de las personas, esté sujeto, aunque sea limitadamente, a los azares del mercado. No tiene sentido que en un momento histórico en que el ahorro energético es un imperativo insoslayable, la energía sea un negocio (lo cual empuja a que las empresas, que quieren vender más, no tengan ningún interés activo en el ahorro). Tampoco tiene sentido que los gobiernos renuncien a instrumentos de intervención estratégicos de cara a la transición energética hacia la era post-petróleo, que puede tardar más o menos, pero llegará ineluctablemente.

En este contexto la pajarraca —una más— montada por el PP en torno a la opa de Gas Natural sobre Endesa resulta ridícula y patética, pero reveladora de la extrema miseria a la que este partido está llevando a la vida política española, impidiendo que se discutan los asuntos realmente importantes. [Joaquim Sempere]



Las caricaturas de Mahoma


Con el asunto de las famosas caricaturas del Jyllands-Posten parece que no está bien visto sostener que fueron provocativas y que no debieron haberse publicado. “¡Esto es ceder al chantaje terrorista, es el principio del fin de nuestra libertad de expresión!”, proclaman los guardianes de la corrección política. Pero en las semanas que han seguido al escándalo, en el fragor de la vociferación fanática en las calles de muchos países donde viven musulmanes, la prensa ha publicado casos múltiples de restricción de la libertad: en casos concretos en que unos u otros, periodistas o directores de periódicos, jueces o políticos, han aceptado o se han autoimpuesto restricciones relativas a temas “sensibles” cuando se podían herir sensibilidades religiosas (cristianas o judías), atentar en exceso contra la intimidad de las personas o —por tomar un caso que afecta muy de lleno a la política española— dejar en mal lugar la figura del rey de España. Primera observación, pues: conviene no rasgarse hipócritamente las vestiduras.

Tal vez los responsables del periódico danés no pensaron que sus caricaturas tendrían efectos tan considerables. Me cuesta creer, en cambio, que ignoraran los efectos locales, pues en Dinamarca hay una población musulmana. ¿Hubo provocación hacia esa comunidad? Hay razones para pensar que sí: el periódico es de derechas con precedentes xenófobos. En Europa, y no sólo en Dinamarca, hay gentes dispuestas a atizar el odio al extranjero, y sobre todo si es musulmán. Un procedimiento eficaz para lograrlo es dar motivos para que los musulmanes más convencidos o más fanáticos reaccionen, y mejor si lo hacen de maneras extemporáneas. Así queda en evidencia que islam es sinónimo de fanatismo e intolerancia, que es incompatible con nuestros valores y que, por lo tanto, su presencia en Europa es un quiste maligno que hay que extirpar.

Cuesta más pensar que el periódico danés previera que la onda de choque llegaría hasta Indonesia y encendería todo el mundo islámico. En todo caso, lo que cuenta son los efectos reales, no sólo las intenciones. La hostilidad hacia Occidente que existe entre muchos musulmanes es un dato, que algunos occidentales se empeñan en atribuir al rechazo por esos musulmanes de valores humanistas cruciales de Occidente. Prefieren ignorar que llevamos más de un siglo y medio de historia de desencuentros debidos sobre todo a las intromisiones abusivas, colonialistas, violentas y prepotentes de gobiernos occidentales. Podemos remontarnos a 1841, cuando la Gran Bretaña frustró la experiencia modernizadora (escolarización, industrialización, etc.) de Mehmet Alí en Egipto, iniciada en 1805, lanzando el sultanato turco contra este gobernante para frustrar la naciente industria de la hilatura mecánica egipcia, entonces superior a la italiana o española: Egipto quedó reducida —tras un intento modernizador endógeno— a proveedora de algodón en rama a la industria británica. De ahí en adelante, Francia, Gran Bretaña, Italia y, luego, Estados Unidos, han intervenido con conspiraciones, intervenciones militares, fijando las fronteras con regla y compás tras la derrota del imperio turco en 1918, poniendo y sacando gobernantes o corrompiéndoles, etc. Esos países, desde Marruecos hasta Pakistán y Afganistán, se sienten humillados y ofendidos. Las gotas que han colmado el vaso han sido Palestina e Iraq, con su Abu Ghraib y su Guantánamo.

A los defensores de la libertad de expresión en Occidente habría que recordarles que la libertad de expresión en los países árabe-islámicos merece también ser defendida. Allí está mucho más amenazada que entre nosotros. Nuestra libertad de expresión se defiende también allí. En Argelia, Egipto, Jordania, Arabia Saudí, Marruecos, Malasia e Indonesia han sido reproducidas las caricaturas de Mahoma, y esto ha costado cierres de ediciones, multas y encarcelamientos. Y no es la primera vez que la prensa libre sufre persecución. En esos países existe una opinión ilustrada, que lucha en condiciones muy difíciles —cuando no imposibles— contra regímenes autoritarios y contra opiniones cada vez más hostiles debido a la presión fanática de líderes y comunidades religiosas. El episodio de las caricaturas es una pésima manera de apoyar los esfuerzos aperturistas. Se añade a la suma de agresiones políticas, económicas y simbólicas de las que son víctimas esas sociedades y que generan, como autodefensa, unas reacciones identitarias basadas en la autoafirmación religiosa que aprovechan los sectores más antimodernos para reforzar su influencia sobre las masas.

¿Por qué hace 30 años no se hablaba de fundamentalismo islámico y ahora es un fenómeno avasallador? ¿Cómo es posible que en Palestina haya ganado las elecciones Hamás, cuando hace 30 años no había ni un solo partido religioso influyente? No hay más explicación que la humillación persistente, exacerbada por las situaciones de Palestina e Iraq. El diagnóstico de Samuel Huntington sobre el “choque de civilizaciones” se está convirtiendo en una profecía autocumplida. Provocar a unos fanáticos es fácil. Pero es irresponsable olvidarse de quienes tratan de liberarse de los fantasmas del pasado, de los Salman Rushdie y Naguib Mahfuz y otros amenazados de muerte, de una Salima Ghezali, amenazada en Argelia por integristas y militares del gobierno, de tantas mujeres luchadoras y tantos y tantos educadores, periodistas, escritores, etc. a los que cada provocación occidental pone más contra las cuerdas, retrasando una evolución laicista y democratizante que germina en muchas mentes. De hecho, nuestro interés político como europeos y como demócratas debería centrarse en el desarrollo de esos gérmenes. Porque un mundo árabe-musulmán desarrollado y democrático, libre de la presión agresiva de Occidente, sería mejor garantía de paz y erradicación del terrorismo que lo que existe hoy.

Finalmente: las amenazas contra las libertades en Occidente no provienen principalmente de fuera, sino de dentro. Véase la Patriot Act de EE.UU. y los intentos de Blair y otros gobernantes europeos de restringir las libertades con la coartada de luchar contra el terrorismo, que por otro lado fomentan con sus políticas en Oriente Medio. [Joaquim Sempere]




Pequeña Luna.

Crónica de febrero de 2006

Por las barbas del Profeta

La tremenda reacción suscitada entre los musulmanes de numerosos países por la publicación de unas caricaturas de Mahoma por un periódico danés de extrema derecha invita a la reflexión.

Diré, para empezar, que nosotros, los laicos occidentales, no estamos tan lejos de ellos, los musulmanes. Basta recordar, y es sólo un ejemplo entre millares, las indignadas limitaciones a la libertad de expresión promovidas por católicos de extrema derecha contra el film de Buñuel L’Âge d’Or, que sólo se pudo proyectar ¡en Francia! casi treinta años después de su realización. O la separación de sexos en las iglesias españolas, donde además las mujeres debían cubrirse con un velo o mantilla, nuestro modesto chador. O las tocas de las monjas: nadie les exigía quitárselas en la universidad. Si nos sorprenden las procesiones de flagelantes musulmanes, hay que recordar que las flagelaciones sangrientas también formaban parte del ritual cristiano de la Semana Santa en bastantes pueblos españoles. Que darse golpes en el pecho ha sido también aquí una forma de expresión religiosa. El Islam, como el cristianismo, es una religión internacional: es mayoritaria en la nación árabe, una nación con numerosos estados, pero es también la religión de poblaciones no árabes.

En los países con mayorías religiosas musulmanas se usan las mismas tecnologías que aquí: hay automóviles, tele, armas (fabricadas muchas veces aquí), internet.

No estamos pues tan lejos. Pero es preciso examinar qué nos diferencia, qué nos separa.

Hay un hecho cultural importante: nosotros venimos de la Ilustración, del Siglo de las Luces, que acantonó la religión (en España imperfectamente) en la esfera de la privacidad personal. Nada parecido entre los musulmanes.

E incluso en el ámbito religioso católico, el menos interiorizado de los cristianismos, el Concilio Vaticano II acabó con prácticas religiosas contra las que había protestado ¡cuatro siglos atrás! Juan de la Cruz.

Nada de dimensiones comparables hay en la religiosidad islámica. La base cultural del fundamentalismo religioso está ahí. El Islam sigue siendo una religiosidad particular de sociedades tradicionales en un mundo emparentado tecnológicamente con el nuestro. Y, todo hay que decirlo, en las sociedades tradicionales, que se están disolviendo rápidamente al contacto con el capitalismo de la globalización, hay espacio para la amistad, para las familias extensas, para la solidaridad, para la risa y la fiesta, y no sólo capitidiminución de la mujer, penas inhumanas y mutilaciones rituales; conviene recordar por otra parte que el país más avanzado de la tierra es también el país de la horca y la castración química, de la silla eléctrica, el fusilamiento, la cámara de gas y la inyección letal. Barbarie hay en todas partes. Y en todas partes hay que hacerla retroceder.

Emparentados, pues. Hay que poner atención en el emparentamiento. Pues nuestros ordenadores personales proceden de Occidente o de Extremo Oriente, pero no de los países islámicos. Al igual que los automóviles. Y no vienen de ahí porque los países islámicos no son atractivos para la inversión de capitales. No se puede encontrar en ellos la mano de obra barata, prácticamente esclavizada, que hace las delicias de los inversores. La cohesión cultural de los países islámicos ahuyenta al capital extranjero, que únicamente acude si tienen petróleo o gas bajo los pies, y sólo para llevárselos.

El resultado es la diáspora, la emigración. En Europa hay minorías árabes o islámicas importantes en todas partes.

¿Qué pueden pensar los musulmanes y más en general los árabes y otras poblaciones del trato dispensado por los anglosajones a los pueblos palestino e iraquí? La respuesta a las caricaturas de Mahoma está emparentada con la reacción masiva de tantas poblaciones occidentales contra la guerra de Iraq, que ha destrozado a la sociedad iraquí. Está emparentada con el problema de la población palestina, a la que desde todas las cancillerías occidentales se ha querido ver votar democráticamente, y que cuando ha votado democráticamente ha producido una mayoría que los poderosos de Occidente no quieren ni ver.

De modo que en vez de hablar de la libertad de expresión a propósito de las caricaturas de Mahoma más nos valdría hablar, en términos tradicionales, de la paja en el ojo ajeno. Y tratar de tender la mano a las poblaciones islámicas con humildad, sin la prepotencia del tolerante, sin pensar que todo lo nuestro vale.

La cristalería

El caso del establecimiento de cristalería ahora embargado al ex-preso etarra Kandido Azpiazu, a quien no se le ocurrió mejor idea que instalar su negocio en los bajos de la casa de la viuda de su víctima, a la que además adeudaba una indemnización, es una muestra de lo lejos que está el País Vasco de la paz y la reconciliación.

Y un caso que causa una tristeza menor pero infinita. Porque ciertamente el asesino ha sufrido por causa de sus propias acciones: los largos años de cárcel son una pena aflictiva que le habrá causado un tremendo sufrimiento, y ese tiempo perdido un sufrimiento de por vida. Recordemos el crimen, pero también la pena. Y a la viuda no tenía por qué añadírsele a su injusta y dolorosa viudedad la nueva herida del inevitable encuentro cotidiano con el causante de su mal. A quien el embargo puede privarle ahora, cumplida la pena, del medio de ganarse la vida. En una palabra: todos salen perdiendo.

Y no es eso lo que necesita el País Vasco. Necesita no sólo el final de la violencia, sino la reconciliación. Cierto que ésta no podrá venir sino con el final del inmundo terrorismo etarra, puro y simple chantaje de una minoría políticamente delirante. Pero es necesario anticipar la paz y buscarla para que ese final, si se produce, sea definitivo.

¿Qué podemos hacer? La cultura y el simbolismo de los etarras (bastante de tebeo, a decir verdad; precisamente de El Guerrero del Antifaz) augura un peligro de división entre ellos que no facilitaría la paz. La sed de venganza de algunas víctimas, que recuerda la obscenidad de esas personas que en los EE.UU. se complacen en contemplar los asesinatos legales, en nada contribuye a la reconciliación: más bien trata de convertirnos a todos en rehenes de sus sentimientos comprensibles pero obsesos. Es en cambio la generosidad de muchas víctimas y allegados de las víctimas la que permitiría avanzar por el camino de la paz y de la reconciliación. El camino que la izquierda española hizo transitable para toda la sociedad tras la muerte de Franco.

La paz en Euskadi necesita el impulso de actos concretos de reconciliación.

Técnica política y objetivos políticos

Desde un punto de vista técnico, hay que descubrirse ante la jugada política maestra de Zapatero al acordar con Convergència el apoyo al proyecto paccionado del Estatut catalán.

Zapatero alcanzó varios objetivos políticos de una sola tacada: desembarrancar la negociación de la ley; asegurarse un socio político eventual para esta legislatura y/o la siguiente; remachar una cuña entre Convergència, la derecha catalana, y el PP, la derecha del Parlamento español, reforzando el aislamiento de ésta; liberarse de la deslegitimatoria —en términos reales— necesidad de ser apoyado por un partido independentista como Esquerra; situar a esta formación en una posición incómoda ante el propio Estatuto catalán y limitar su margen de maniobra; apoyar las posiciones socialdemócratas frente a las nacionalistas en el seno del PSC. Todo eso es mucho, dicho sea sin juzgar más que técnicamente, para un solo quiebro.

Pues, en efecto, Esquerra ha tenido que capitalizar a toda marcha una manifestación nacionalista —unas 70.000 personas— convocada con anterioridad para recuperarse del golpe. Lo que no impide que siga en una situación delicada: se va a aprobar un Estatut que amplía considerablemente las competencias de las instituciones autonómicas, aceptado por sus socios en el gobierno de la Generalitat. ¿Qué puede hacer Esquerra? ¿Coincidir con el PP en el voto en contra? Evidentemente, no. Los techos del nuevo Estatut son mucho más altos que los del anterior, y la coincidencia en el “no” con el PP desprestigiaría a Esquerra por muchos años. Sólo puede, si acaso, abstenerse, para practicar luego el victimismo made in Pujol, o votar finalmente en sentido afirmativo tras arrancar si puede alguna última concesión “para la galería”. Su exceso de maximalismo parece un error táctico de su estrategia independentista. Error determinado por una evaluación errónea de la potencia actual del independentismo en el seno de las relaciones sociales reales en Cataluña y entre Cataluña y el resto de España. Y, como todo partido con base militante, Esquerra tiene dificultades para virar.

Finalmente: habrá nuevo Estatut, con poder acrecentado para las instituciones locales. ¿Será eso bueno? Depende: si esas instituciones son gestionadas como lo vienen siendo hasta ahora por equipos políticos procedentes de la burguesía y con valores esencialmente burgueses a la hora de la verdad, será bueno sobre todo para las multinacionales catalanas y para los tenderos en general. Pues tratarán de seguir siendo lo que son ahora: instituciones autoritarias, incontroladas y caras, herméticas para los currantes, distantes para la mayor parte de la ciudadanía, con sólo casual investigación de la corrupción.

Contra los crispadores

Las afirmaciones de los dirigentes del PP, ampliamente secundados por sectores de los medios de masas directa o indirectamente controlados por ellos, parecen haber calado en una parte de la ciudadanía. Este país ha experimentado una serie de cambios muy rápìdos, y muchos de ellos tienen disgustadas a las gentes más tradicionales y culturalmente primitivas. El PP adopta ahora una posicición de extrema derecha al haber ocupado el centro político el Psoe. Los mensajes del PP abren un abismo entre las gentes de este país, pues no tienen nada que envidiar al discurso de la extrema derecha antes de la guerra civil: el país se fragmenta, el gobierno adopta políticas ilegales, acusaciones varias a los demás “según la actualidad” carentes de fundamento. Estamos ante una fractura de la confianza política elemental. No se ha traducido en una fractura social intensa pero sí en una fractura cultural de la sociedad en relación con los nacionalismos periféricos. La ceguera criminal de Eta y el extremismo verbal de algunos nacionalistas cargan de falsa razón a las pretensiones del PP ante muchas personas. Pero no hay que descuidarse: si el PP dice ahora que “se rompe España”, el paso siguiente puede consistir en incitar directamente a un “golpe de timón”. Y ya se sabe a qué lleva eso.

Ésa es la estrategia de la tensión. En la Italia de finales de los setenta y principios de los ochenta la derecha también practicó la estrategia de la tensión. Allí llegaron a realizar grandes atentados —que los tribunales atribuyeron años después a altos cargos de los servicios secretos— para endosárselos a la izquierda y preparar el camino al golpe de estado. También la extrema derecha practicó esa estrategia en la España de los años de la transición —ahí está el incendio de la discoteca Scala de Barcelona, p.ej.—, siempre para atribuir los atentados a la izquierda. No tuvieron éxito entonces pues fueron descubiertos. Ahora no hay, por fortuna, atentados de la derecha; sin embargo la reaparición de algunos personajes de la extrema derecha como Sáez Inestrillas en la tv y en la manifestación “de las víctimas” auspiciada por el PP resulta sintomática. Como Aznar, manifestándose contra el diálogo con Eta, él que dialogó. El PP no puede permitir que sean otros quienes solucionen el problema de la violencia. Por eso pisotea la veracidad política: para abrir paso a la pasión, a la obnubilación.

En esta situación, hay dos respuestas posibles. La actitud habitual de la socialdemocracia es encogerse y aguantar los golpes. La tradición de la izquierda de verdad consiste en contratacar y devolverlos. La conmemoración, el próximo 14 de abril, del 75 aniversario de la proclamación de la II República puede ser una buena ocasión para reafirmar la cultura cívica de la democracia, las libertades políticas, los valores republicanos y la pura y simple decencia. Es la respuesta social más inmediata que se le puede dar al PP. [Juan-Ramón Capella, 24 de febrero 2006]




Las escalas del despotismo

por Boaventura de Sousa Santos

Un grupo de menores ha maltratado sádicamente, apedreado y apaleado hasta a la muerte al transexual brasileño Gisberto, una persona sin techo de 45 años. Ha ocurrido en Oporto. Hace pocos años, el líder indígena Guadino Pataxó había ido a Brasilia a participar en una marcha en favor de la reforma agraria. La noche era buena y decidió dormir en el aparcamiento del coche. De madrugada, un grupo de jóvenes se acercó a él mientras dormía, le roció de gasolina y le quemó vivo. Ante la policía, confesaron que lo habían hecho para divertirse y pidieron disculpas por no saber que se trataba de un líder indígena; pensaban que era "uno de tantos sin techo".

¿Qué tienen en común estos dos casos de violencia gratuita con las caricaturas danesas? La misma incapacidad para reconocer al otro como un igual, la misma degradación del otro hasta el punto del transformarle en un objeto sobre el que se puede ejercer la libertad y la diversión sin límites, la misma conversión del otro en un enemigo perturbador pero frágil que se puede abatir ahorrándose las reglas de la civilidad, ya sean las que gobiernan la paz o las que gobiernan la guerra.

Las sociedades modernas se basan en el contrato social: la idea de orden social se basa en la limitación voluntaria de la libertad para hacer posible la vida en paz entre iguales. Las ideas de ciudadanía y de derechos humanos son la expresión de este compromiso. Las tensiones entre el principio de libertad y el principio de igualdad, y las contradicciones entre ellos y las prácticas sociales que los desmienten, constituyen el núcleo de la política moderna. Como el grupo social de los reconocidos como iguales era inicialmente muy restringido (los burgueses de sexo masculino), la amplia mayoría de la población (mujeres, trabajadores, esclavos, pueblos colonizados) quedaba fuera del contrato social y, por lo tanto, sujeta al despotismo de los que tenían poder sobre ella. Las luchas sociales de los últimos doscientos años han sido luchas por la inclusión en el contrato social. Con el tiempo, las luchas por la igualdad socio-económica, protagonizadas por los trabajadores, han sido complementadas por las luchas por el reconocimiento de las diferencias por parte de las mujeres, de las minorías étnicas y religiosas, de los homosexuales, etc.

Este movimiento ascendente de inclusión y de civilidad está hoy bloqueado por una combinación perversa entre capitalismo neoliberal y sus consecuencias (exclusión social, migraciones) y la teología política conservadora hoy dominante en las tres religiones abrahámicas (cristianismo, judaísmo e islamismo). Paulatinamente, la solidaridad políticamente organizada está siendo sustituida por el individualismo; y la filantropía y la celebración de la diversidad, por la intolerancia: en vez de ciudadanos, consumidores y pobres; en vez de justicia social, la salvación; en vez del ecumenismo, el dogmatismo; en vez de la hospitalidad, la xenofobia; en vez de conflictos institucionalizados, la violencia del crimen y de la guerra.

El despotismo pre-moderno, así, está siendo reinventado en la sociedad y en los individuos, tanto en las macro-relaciones entre países o religiones como en las micro-relaciones en la familia, en la empresa o en la calle. Los poderosos y los desposeídos se degradan por igual, aunque con consecuencias muy diferentes. Los desposeídos recurren a la violencia ilegal, tanto contra los poderosos como contra los aún más desposeídos. Los poderosos recurren a la violencia que legalizan al invocar principios que, nada sorprendentemente, están siempre de su parte. Santo Tomás de Aquino diría de ellos lo que dijo de los cristianos de su tiempo. Que padecen del habitus principiorum: el hábito de invocar obsesivamente los principios para poder dispensarse de su observancia en la práctica.

[Publicado en Visão el 2 de Março de 2006. Trad. de JRC.]






La biblioteca de Babel



John Perkins
Confesiones de un gángster económico. La cara oculta del imperialismo americano
Tendencias-Urano, Barcelona, 2005, 348 págs.
El presente libro describe cómo el propio autor, John Perkins, colaboró y fue artífice de algunos de los mecanismos que utiliza EEUU para conseguir que las naciones del tercer mundo sean más dependientes económicamente y se plieguen políticamente a sus intereses. La importancia de esta obra, radica en la aportación de nuevos datos para el análisis detallado del proceso imperialista norteamericano. Este proceso está estructurado en tres fases, según la dificultad: primero la intervención de los gángsteres económicos, si fracasan, entran en juego los chacales de la CIA (asesinatos, torturas, atentados, golpes de Estado...); y como último recurso: la Guerra.
Un gángster económico al servicio de la NSA (National Security Agency) es el puesto que desempeñó Perkins siendo economista jefe y director de planificación económica
de una empresa consultora (Chas. T. Main) que asesoraba al Banco Mundial. En los informes del experto Perkins se inflaban las previsiones de crecimiento económico de un país, lo que determinaba grandes proyectos de inversiones que necesitarían de préstamos del Banco Mundial y del FMI, pero sobre todo se trataba de un gran negocio para las corporaciones estadounidenses (como ha sido la reciente reconstrucción de Irak). Las consecuencias de este sistema han sido desastrosas: países que evidentemente no han crecido según lo previsto, han dejado enormes deudas que se van renegociando e incrementando; con ello se hipoteca a las generaciones futuras, y sirve para someter la soberanía de dichos países, a los designios de la corporatocracia estadounidense. [Joan Lara Amat y León]







Cine



George Clooney,
Buenas noches, y buena suerte,
EE.UU., 2005
El segundo film de George Clooney como director narra una historia de confrontación entre la verdad y el poder, entre la libertad de expresión y la censura y entre los valores morales y las cuotas de pantalla. Concretamente, se analiza la disputa que tuvo el periodista de la CBS Edward R. Murrow (interpretado por un magistral David Strathairn) con el senador Joseph McCarthy a raíz de la particular caza de brujas anticomunista de éste. El hecho en cuestión se erige como la excusa perfecta para que la película analice el funcionamiento de un noticiario por dentro, es decir, el trabajo diario de un grupo de periodistas profesionales con un método de
selección de noticias, unos determinados enfoques dependiendo de la información que se transmita, una documentación como base... y, sobre todo, con unas consecuencias fatídicas ante el enfrentamiento con el poder político, del que se depende en buena medida a base de subvenciones y publicidad.
De esta forma, estamos ante una película valiente, clara y necesaria. Y es que, tras el visionado de Buenas noches, y buena suerte, uno se para a pensar si realmente el término “sociedad de la información” es el adecuado para referirnos a la sociedad del siglo XXI. [Aureli del Pozo]










PÁGINAS-AMIGAS
Nómadas
Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas
www.ucm.es/info/nomadas Rebelión-
www.rebelion.org La Insignia-
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Revista mientras tanto

Contenido del número 97
Notas editoriales: “Dilemas de la izquierda ante el debate estatutario”; “Desconcierto y división de la izquierda en el debate estatutario”; “Modesta contribución al debate sobre el Estatut”; “Autoritarismo de escaparate en Barcelona”; “La revuelta de la banlieu: ¿dónde está la izquierda?”.
Semimonográfico: «Materiales para la memoria»: Sergio Gálvez, "Las víctimas y la batalla por el derecho a la memoria: la comisión interministerial para el estudio de la situación de las víctimas de la guerra civil y el franquismo"; Jordi Borja, “Memoria histórica y progreso democrático”; Xavier Doménech, "Espejo roto"; Jordi Font, “Entre el souvenir memorial y la construcción de una historia crítica de la memoria”; Ermengol Gassiot, “Arqueología forense de la guerra civil: justicia y memoria de la represión fascista”;
Artículos de Josep Torrell, “Mi memoria del cine” y "Los muertos que vendrán"; Octavi Pellissa, “¡Alemania, Alemania!”; y Giaime Pala, “Entre paternalismo e igualitarismo”.
El extremista discreto.
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