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24 noviembre 2006

La disidencia como deformación mental


Fermin Gongeta - Sociólogo

He rastreado el texto de Ricard Vinyes, “Presas políticas” y he encontrado subrayado un párrafo al inicio de su capítulo II que titula «Una investigación sobre el mal». Se enmarca en el periodo posterior al triunfo de la conspiración militar fascista contra el Gobierno de la segunda República española. No es una simple anécdota.

«Para aquellas damas triunfantes, la población familiar de los presos, la pobreza y dureza de su existencia visible en las calles, expresaba la inferioridad natural de los vencidos, su condición y, por tanto su destino. Una señora de Burgos resumió maravillosamente esa condición a Lola González, su joven sirvienta de veinticinco años de edad, que había marchado a la capital para ayudar a sobrevivir a su marido encarcelado. Aquella tarde de 1944 le habían denegado la comunicación en la cárcel, y llevaba en el rostro restos de su sollozo. La señora le amonestó: ‘¿Por qué lloras?’ Según ella, era mejor comprender la situación y acos- tumbrarse, porque ‘si habéis nacido es para ser esclavos; si estáis viviendo como estáis, es porque habéis nacido para que nosotros vivamos, para ser nuestras esclavas’». (Associació Catalana d’Expresos politics. (1939) Diputació de barcelona. Barcelona 2001)

«Habéis nacido para ser esclavos». La frase manifiesta la inferioridad natural de los vencidos, su absoluta imperfección, la bajeza de su condición humana, su deplorable destino. No se trataba de un accidente social, ni tampoco de un castigo. La situación del vencido, del dominado, era una sencilla conclusión genética. La disidencia se ha convertido en un determinismo de la propia naturaleza.

La convicción gubernamental que el exterminador de la II República creó, construyendo una seudo filosofía de la inferioridad y de la degeneración social del disidente, permanece en la actualidad y se mantiene en el poder y en sus aledaños. Desposeer al enemigo de su condición humana ha sido siempre un requisito, una formalidad previa, a su aniquilación y destrucción. El objetivo, en definitiva, es el de patologizar la disidencia política. Todo disidente, puesto que posee y desarrolla una propensión genética a la desobediencia y oposición, sobre todo a las leyes lógica y racionalmente establecidas por el gobierno, es un enfermo mental, un degenerado.

Según el texto, el comandante Antonio Vallejo Nájera, Jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares, ads- crito a la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros, ubicada en Burgos, recibió de Franco la autorización ­23 de agosto del año 38, telegrama 1565­ para la creación de un Gabinete de Investigación psicológica, cuya función sería la de investigar las raíces bio-psíquicas del marxismo. Era así como Vallejo Nájera iniciaba un camino inédito en las ciencias de la salud al psiquiatrizar la disidencia y concluir, en su cruel y perverso razonamiento, una estigmatización psicosocial del opositor como concreción del mal.

Para él, el adversario del poder establecido, o simplemente contrario al mismo, no es más que un sujeto cuyas nefastas y anti sociales características sicológicas son innatas e históricamente degenerativas, y hacen de él un infrahombre, un hombre o una mujer sin base ética alguna.

Como solución a la disidencia política está el castigo, la tortura y la cárcel. Con estas medidas se tratará de doblegar y transformar al encarcelado político. A través de una acción de dominio integral se debe hacer sucumbir a quien no quiera ser redimido por el arrepentimiento, a quien se oponga a ser asimilado completamente por el sistema autoritario.

En su estudio sobe las presas políticas de la cárcel de Las Ventas, Vinyes expone que: «asediadas en su condición humana, las presas se hallaron desposeídas de todos los derechos, expuestas a cualquier humillación y rodeadas de muerte. Una muerte que podía alcanzarlas por distintos medios... Sin embargo aún poseían una capacidad: la facultad de no consentir con el objetivo y los medios del poder carcelario. Les quedaba su voluntad de no aceptar la situación... no consentir la estructura moral penitenciaria, no consentir la destrucción ética que las había llevado al encierro».

Los trabajos y conclusiones de Antonio Vallejo Nájera, que fueron explícitamente contrastados con agentes de la Gestapo, evidenciaron la existencia real de un alto coeficiente de correlación entre las cualidades biosíquicas del sujeto y el fanatismo político-democrático-marxista. «Existe una fuerte relación ­según Vallejo Nájera­ entre determinada personalidad biopsíquica y la predisposición constitucional al marxismo, a la realidad de psicópatas antisociales y a la inferioridad mental de los individuos. (...) Muy propensos también a sufrir el contagio de la psicopatología marxista son los vascos, ­seña- la­ porque en ellos se produce el curioso fenómeno del fanatismo político unido al religioso».

El independentismo es pues una enfermedad genética degenerativa. Esto se afirmaba en 1938, cuando Franco aún no había hecho más que iniciar su inconclusa barbarie.

La lectura de Ricard Vinyes me ha devuelto a la realidad de nuestros días en Euskal Herria. ¿Acaso no es esta aberrante forma de pensar lo que nos hace abrir aún más las heridas que cada día nos hurgan policías, ertzainas, jueces y carceleros? ¿No es la asimilación total del pensamiento del poder lo que buscan los grandes y poderosos bonzos de los sistemas políticos y carcelarios?

Puede que la disidencia política, la rebeldía frente al autoritarismo, tenga un origen genético. Lo que sí parece más claro es que la pretensión del dominio absoluto de las personas no es genético, porque genético, humano, no puede ser el desprecio diario y sistemático de todo el que se opone al poder. Para eso hay que ejercitarse, porque además de deshumanizante supone demasiado cretinismo.

Aún a riesgo de gastar mi vida en la búsqueda de los porqués, como diría Jaques Brell, he encontrado un más que probable nexo de unión entre lo que se mantenía como pensamiento de poder el año 38, mediado ya el exterminio franquista, y el momento actual. El 22 de julio de 1969, el actual rey del Reino de España juraba ante las Cortes, a instancias del presidente del Consejo de Regencia, Rodríguez de Valcárcel: «Juro por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional».

¿Qué ha cambiado en el ideario político en el Estado español entre 1938 y el año 2006? Todo aquello que en el Reino de España no se someta a los principios que informaron el Movimiento Nacional será disidencia y, si me apuran mucho, terrorismo. -

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