Anekdotas del saléu nes buries agües de internete.
Anekdotas de la navegación en las borrascosas aguas de internete.

07 enero 2007

mientrastanto.e Número 43 del 01 - 2007

Air Madrid: el sueño de los vuelos baratos

La quiebra de Air Madrid es un episodio más de larga serie de desaguisados y estafas característicos de las desregulaciones neoliberales. Experiencias que han generado un periodismo de “fusión” donde las páginas de política, economía y sucesos se entremezclan continuamente. (y tampoco andan lejos las de “sociedad” y “deportes”, como bien conoce cualquier adicto a la serie “Marbella”). Ante estos sucesos uno tiene la tentación de levantar una nueva acta de la malignidad del mercado desregulado y pasar página.

Muchos de los elementos del drama son habituales. Una compañía que ofrece vuelos baratos sin contar con medios técnicos adecuados. Que trata de forzar la reducción de costes mediante la sobreutilización de los aviones y la reducción del mantenimiento. Que debido al sobreesfuerzo acumula averías y retrasos. Y con la falta de medios traslada todos los problemas a sus clientes. La historia de los viajeros que volaban de Maó a Palma y acabaron abandonados largas horas en el aeropuerto de Valencia, porque la empresa no tenía ningún servicio de atención en este destino, dice mucho de su organización. Una empresa que a pesar de ser apercibida, persiste en ofrecer billetes baratos a Latinoamérica con los que capta clientes de bajos ingresos, muchos de ellos inmigrantes que tratan de volver por vacaciones a sus lugares de origen. Y que cuando las cosas se ponen mal dadas da el cierre, dejándole el problema a los pasajeros y la Administración. Una historia muy parecida a otras acaecidas en otros confines o en otros campos de actividad.

Es evidente que la privatización de muchos servicios y su liberalización han favorecido estas prácticas, pero si queremos hacer frente a los argumentos liberales hay que hilar más fino en nuestra crítica. No es lo mismo la privatización de redes integradas, donde las empresas privatizadas pueden convertirse fácilmente en monopolios u oligopolios privados (como de hecho ocurre en la telefonía o la electricidad) o afectar al funcionamiento de la red (como ha ocurrido con el ferrocarril), que la de campos como la aviación, donde el núcleo de la red se encuentra en la gestión de aeropuertos y el control del tráfico y las posibilidades de entrada de nuevos competidores son mayores (y por tanto hay menores riesgos de monopolización). Hay que reconocer también que el sector sigue altamente regulado, porque todo el mundo es consciente de los graves problemas de seguridad de los vuelos y la experiencia de las primeras liberalizaciones. A favor de este argumento se puede aducir el bajo nivel de accidentes aéreos en los países desarrollados. Éste es sin duda el punto fuerte esgrimido por el Gobierno, que prefirió abrir el proceso de cierre antes que tener un accidente

Puede considerarse que hubo dejación pública en otros terrenos. En permitir a la compañía seguir vendiendo billetes cuando ya estaba claro que la cosa iba mal. Seguramente se hubiera reducido la larga lista de afectados, que ahora deben reclamar la improbable devolución de su importe y la indemnización. Es posible que si el cierre se hubiera producido en un período de menor demanda, también se hubiera paliado el drama de los que se quedaron sin vuelo. Pero, sin ánimo de justificar la actuación del gobierno, no podemos tampoco olvidar la presión mediática y supranacional que se desarrolla cuando se trata de ponerle límites a las empresas privadas. Una situación que convierte a muchos políticos en irresolutos compulsivos.

No trato de minimizar el drama que significa la pérdida de un viaje o de un dinero difícilmente ganado. Pero el caos de Air Madrid no sólo se inscribe en un contexto de liberalismo criminal, sino que tiene que ver con los procesos sociales que permiten a éste obtener hegemonía social. En el caso de la aviación, el sueño de los billetes baratos, de la posibilidad de viajar “casi gratis” por todo el planeta, de una humanidad permanentemente viajera.

El abaratamiento de los billetes de avión propiciado por la liberalización y las líneas de bajo coste se ha conseguido por vías múltiples. Por el lado de la seguridad: las empresas pueden estar tentadas en reducir costes a través de menos revisiones, el uso intensivo de los aviones, o una menor carga de gasolina para optimizar el coste energético —con el consiguiente riesgo en caso de prolongación inesperada del vuelo—. Por el lado del personal (reducción de salarios, prolongación de la jornada laboral —otro factor de riesgo potencial— e intensificación del trabajo), de los viajeros (menores servicios a bordo, menor comodidad —que permite aumentar el personal transportado—, esperas más largas, etc.) y sobre todo del sector público (subvenciones a las propias compañías para que promocionen una determinada área). Y finalmente por el lado de operar a través de itinerarios de alta densidad de tráfico y de corta duración, que permiten llenar aviones y minimizan los efectos de los imprevistos siempre existentes en el transporte aéreo.

Más allá de su mayor codicia y desprecio por la seguridad, Air Madrid se equivocó al tratar de trasladar el modelo de vuelos baratos de Europa a los viajes intercontinentales, más largos y complejos. De hecho, su crisis es un indicio de los límites del “vuelo barato”, de su dificultad de generalización.

El crecimiento continuo del transporte aéreo no parece ni posible ni deseable. Las razones son de naturaleza diversa. Su crecimiento genera un aumento de la congestión parecido al que han experimentado otras formas de transporte, lo cual es una fuente de problemas —de seguridad y de coste público de la red de control del vuelo—. Su expansión acarrea un uso creciente del suelo en tierra firme en forma de nuevos y más amplios aeropuertos y redes de transporte para comunicarlos, lo que afecta a menudo a espacios naturales o genera graves molestias a las comunidades próximas. Su uso intensivo supone un crecimiento del consumo de energía fósil con el consiguiente agravamiento de los problemas de calentamiento y contaminación —curiosamente el transporte aéreo ha sido excluido de los recortes señalados por Kyoto y el queroseno no paga impuesto de combustibles—.

Por otro lado, sigue siendo un sistema de transporte elitista. Como ha puesto de manifiesto un reciente estudio británico, la irrupción de las compañías de vuelos baratos no ha supuesto un cambio radical en la composición social de la clientela. Estos vuelos han desplazado a los viejos sistemas de vuelos charter y en gran medida el abaratamiento se ha traducido en un aumento de viajes de negocios y de turismo de clase media. O sea, una transferencia de renta hacia empresas y sectores adinerados, que quizás han aumentado la cantidad de viajes que realizan anualmente. Pero el grueso de las clases trabajadoras siguen considerando el avión como un medio poco habitual de transporte. Quizás la mayor excepción la constituyen los emigrantes de países lejanos (aunque no todos, los norteafricanos siguen realizando grandes “tours” automovilísticos para visitar a sus familias). En gran medida ellos han sido los grandes afectados por Air Madrid, y las víctimas potenciales de cualquier nuevo “affaire” de compañías baratas. Pero su drama no nos debe hacer olvidar que, más allá del timo de Air Madrid, está una promesa de baratura difícil de cumplir.

Air Madrid vuelve a poner en cuestión las ventajas de la liberalización. Pero la alternativa en este caso no pasa por propugnar una nacionalización del transporte aéreo con precios baratos (al fin y al cabo las viejas compañías nacionales de bandera eran un mundo donde el servicio a las elites iba de la mano con los privilegios de los empleados de más nivel) sino una política responsable de regulación ambiental. Una política que conduzca a un modelo de precios altos y menor utilización del avión. Y no vale apuntarse a la demagogia de los emigrantes pobres: si mejoran sus condiciones laborales, quizás puedan afrontar este coste, y siempre queda la posibilidad de abrir una vía de subvenciones para circunstancias específicas. Pero apuntarse a los vuelos baratos es, sobre todo, seguir apostando por el despilfarro ecológico y la desigualdad social.

[Albert Recio]

Sobre la Ley de la Memoria Histórica

No hace mucho, en el desfile militar que celebraba el día de la hispanidad, el gobierno decidió invitar a dos delegaciones que tenían una especial relevancia para el tema que nos ocupa aquí. De un lado los representantes de los españoles que habían liberado París de los nazis bajo las ordenes de la División Leclerc, del otro los representantes de la División Azul que había luchado en el frente soviético también durante la Segunda Guerra Mundial. El hecho produjo conmoción, pero para el actual gobierno no revestía más significado que homenajear a españoles que habían luchado durante la gran conflagración mundial. Al fin y al cabo, relataba El País, si unos habían luchado contra el totalitarismo nazi en las calles de París, los otros habían librado sus batallas contra el totalitarismo comunista en las estepas rusas: su lucha era equiparable, también lo era entonces el homenaje. El problema vino después, cuando en el acto el representante de la División Azul apareció con una Cruz Gamada en su solapa, provocando la incomodidad de los representantes institucionales presentes. ¿Es que no había entendido que era un representante de la lucha contra el totalitarismo? Evidentemente los que no habían entendido nada eran los bienintencionados gobernantes de nuestro país. Manipular la historia en el presente siempre tiene unos límites y unos riesgos: que la historia irrumpa de golpe tal como fue y no como uno querría que fuera.

Legislar sobre el pasado no significa decretar un fin de la historia. No significa decretar la paz universal, el punto final, la reconciliación o la satisfacción engreída de un presente que pretende saber más que sus antecesores sobre qué se dirimió en las arenas de Clío y de qué manera se deberían cerrar las heridas. El origen de la Ley de la Memoria Histórica se encuentra en este sentido en el espacio que se abrió en los últimos años del gobierno del Partido Popular antes de la llegada del nuevo PSOE. En ese espacio, en un momento de durísima ofensiva cultural de la derecha gobernante, se hizo evidente una realidad: la nueva democracia española, sustentada en las legitimidades construidas en las narrativas de la transición, necesitaba de una base de actitudes y valores temporales que fueran más allá de unos pocos años de nuestra historia. A la vez esta democracia se sustentaba sobre un silencio, el de cuarenta años de una de las dictaduras más feroces que jamás haya conocido el viejo continente. Evidencias que nos llevan a la República —como principal antecedente de democracia en nuestro país— y el franquismo. Se trataba entonces de rememorar y reparar. Rememorar la República, reparar a las víctimas. Pero lo que estaba claro en los momentos que antecedían a la llegada del nuevo gobierno ha ido deviniendo oscuro de nuevo. Ahora la República vuelve a ser uno de los bandos en la guerra —un bando que como tal no puede ser exaltado—, el franquismo es un régimen de seguridad jurídica —que como tal no puede ser violentado anulando sus sentencias— y los archivos donde se encuentran los nombres de los verdugos seguirán cerrados como en el medio siglo que antecede a nuestro presente.

Es cierto: se darán más indemnizaciones; es cierto también: no se permitirá la exaltación del franquismo y se habilitarán medidas para que las víctimas sean encontradas. Pero en el proceso, de nuevo, se protegerán más los derechos de los verdugos que los de las víctimas. Claro está que si se considera que la Divisón Azul y la Leclerc son equiparables, a partir de aquí todo es posible. Se trata de no violentar a nadie, pero si nada se violenta, nada se repara. A lo mejor esta Ley, tal como está, ya debería contener un solo artículo: que los gobernantes de nuestro país sepan que la División Azul no luchó contra el totalitarismo, sino que era ella en sí misma la portadora del totalitarismo que una vez reinó en España. Debe ser rememorado todo aquello que supuso un obstáculo a su imposición, debe ser reparado todo aquello que fue destruido en sus manos. Sería un buen principio.

[Xavier Doménech]

Comentarios en la muerte de Pinochet

Se murió el criminal. Ha muerto en la cama. Sus crímenes son ahora reconocidos por casi todo el mundo, en sus últimos años ha estado cercado por un acoso judicial más o menos efectivo y se le ha forzado a mostrar su catadura de cobarde y corrupto. Un pobre consuelo para los miles de asesinados, desaparecidos, torturados, presos, exiliados y represaliados que su golpe puso en marcha. Los años que ellos perdieron son irrecuperables. No hay nada que celebrar.

Estos días hemos oído que Pinochet fue uno de los mayores criminales de nuestro siglo. En España esto suena a sarcasmo. Aunque todo crimen vale lo mismo, la represión pinochetista parece peccata minuta comparada con la de Franco. Al fin y al cabo el dictador chileno empezó a marcharse cuando perdió un referéndum. Aquí, ni hubo marcha ni ha sido posible un proceso abierto de revisión de los crímenes del franquismo, hubo muchos más miles de muertos y represaliados, y la dictadura se alargó durante un período de tiempo inusitado. Pero ya sabemos cuáles han sido los procesos históricos que han permitido a este país ignorar colectivamente el significado de la represión franquista. Y que impiden, casi treinta años después del fin de la dictadura, revisar colectivamente el proceso. En este sentido la derecha española es la más afortunada del planeta: no se ha visto envuelta en engorros judiciales, ni ha tenido que hacer siquiera una revisión moral de su comportamiento. Por ello sigue siendo tan osada y tan cruel: en realidad sigue viviendo de los réditos de una guerra que nunca ha perdido.

La operación de sacar a la luz los crímenes en Pinochet puede resultar útil para muchas cosas. Sin duda su figura ayuda a convertirlo en gran chivo expiatorio. Y a sacar fuera de campo a las fuerzas que le dieron su apoyo. En primer lugar, a las internas de la derecha, interesadas en bloquear el cambio que abría la Unidad Popular, así como a amplios partidarios del golpe cuando fracasaron sus intentos de insurrección civil (la huelga de transportistas) o de victoria electoral. Y en segundo lugar, a las fuerzas del imperio mundial. La otra cara de Pinochet fue Kissinger. El papel de la CIA y el ejército estadounidense en el golpe está fuera de duda. Porque el 11 de Septiembre de 1973 no sólo acabó con un modelo progresista en un pequeño país sudamericano. También puso fin a todo proceso de transformación radical por vía democrática en cualquier parte del mundo. En Latinoamérica la dictadura pinochetista fue un experimento más, quizás no el más cruel, de romper el espinazo a todas las fuerzas de izquierda. Fue el punto de inicio de una represión que bañó de sangre y sufrimiento a gran parte del continente con objeto de mantener inalterados los privilegios de las castas dominantes y los intereses norteamericanos. Pero también en Europa generó un giro de moderación en la izquierda, avisada de lo que iba a ocurrir si tenía el mal gusto de ganar las elecciones y propugnar transformaciones radicales. Mucho de ello tiene que ver con la transición española. El golpe de Pinochet que sepultó las esperanzas del pueblo chileno fue también el punto de partida de un giro bastante radical en las dinámicas políticas.

Pinochet fue además el que abrió la primera experiencia neoliberal. No deja de ser paradójico que su muerte coincida en el tiempo con la de Milton Friedman, su principal ideólogo. Sus Chicago boys fueron los primeros asesores económicos del dictador (y por cierto llevaron al país a una grave crisis hacia 1983) e inauguraron un cúmulo de reformas que sólo son aplicables en dictadura. De hecho, su sistema privatizado de pensiones —un verdadero mecanismo de exclusión social y generación de pobreza— sólo pudo llevarse a cabo en Latinoamérica, en un contexto de ausencia real de libertades donde las clases populares no pudieron impedir su implementación. Y desde entonces el neoliberalismo ha alcanzado una clara hegemonía en el pensamiento y en la política económica. Causando tanto sufrimiento como las políticas dictatoriales que le han acompañado en muchos países del tercer mundo.

Ciertamente Pinochet fue un gran criminal. Pero su talla resulta menor cuando se la compara con los poderes económicos y políticos que favorecieron su golpe y con cuyos apoyos ha conseguido llegar hasta el final sin juicio penal. A Pinochet, Franco, Kissinger o Friedman sólo los juzgará la historia. Y como vemos a diario ésta no suele tener una voz unívoca. Especialmente cuando la capacidad de discurso sigue estando dominada por sus herederos.

[Albert Recio]

El Bloc de Notas de las Navideñas Navidades

Lotería de Navidad

Este año tampoco ha habido novedad. El supergordo siempre le toca a la Hacienda Pública, que somos todos pero unos bastante más que otros. No hay reportajes periodísticos sobre el ganador del monopoly nacional. “A ver, Estado, ¿está contento? ¿Qué piensa hacer con ese dinero?”

Felicitaciones a cobro revertido

Son una tradición: el nuevo alcalde de Barcelona, Hereu, sigue la instaurada por el ex-alcalde Clos. Envía felicitaciones de navidad a los ciudadanos electores, o sea, pagadas con su propio dinero.

Noche de Paz

Hay imágenes que no se le van a uno de la cabeza. Esos presos de Eta juzgados en la Audiencia Nacional (así, con mayúsculas, pero mejor que no hubiera), esos presos, digo, que sonríen; que sonríen o la emprenden a patadas con la jaula de metacrilato en que les meten. Lo de las patadas parece indicar que la jaula de metacrilato, o de lo que sea, se la han ganado a pulso, aunque también podría ser que todo fuera al revés: que peguen patadas porque les meten en jaulas de metacrilato. Sin embargo las sonrisas son peores que las patadas. Mucho peores e inequívocas. A veces esos singulares conciudadanos sonríen cuando declaran sus propias víctimas, minusvalidadas por ellos.

Eso es un indicio de la peor cultura que ha creado Eta. Esas gentes que se creen con derecho a asesinar, a mutilar, a quemar librerías y bienes públicos, y a ufanarse por ello, para perseguir sus objetivos políticos. Me gustaría, al menos, obligarles a escuchar varias veces —porque una sola no sería suficiente, y ya sé que en esto me muestro un poquito autoritario pero hay que considerar también sus entendederas— la canción de Brassens Mourir pour des idées (“Morir por las ideas: la idea es excelente; yo estuve a punto de palmarla por no haberla tenido...”). Claro que ellos no mueren por ideas. Han matado, o se creen con derecho a matar, por ideas. Esa cultura, ¿es lo que se puede llamar cultura abertzale? Los intelectuales de Eta, que seguro que los hay, que seguramente no toman las armas, ¿advierten lo estrechos que resultan en el fondo los manifestados deseos de abandonarlas? ¿Se trata sólo de eso? ¿No tendrían que pensar, más bien, en sus propios fundis, que aunque se lo ordenen sus “generales” no las abandonarán?

Pues: ¿qué cultura deja Eta instalada en el País Vasco?

Y si de la cultura abertzale pasamos a la política, y vemos que la gente de Batasuna no mueve un dedo si previamente no lo autoriza el directorio “militar”, también podríamos hacernos una pregunta sobre el País Vasco del sueño abertzale: ahí, el poder civil ¿ha de estar sometido al poder militar? ¿No será que el franquismo les ha dejado una herencia mental de la que no saben desprenderse?

La ejemplar liberación de Sudáfrica de la era del apartheid se hizo bien porque la cultura de los oprimidos lo facilitaba. Con otra cultura, las cosas en el País Vasco podrían ir mejor: con idearios de reconciliación.

En el otro lado, los palos en las ruedas de las negociaciones para la pacificación que hace unos meses supusimos que pondría el Partido Popular han resultado por desgracia una profecía cumplida. El Partido Popular no quiere que el gobierno actual sea el que acabe con la violencia política. Y con la amistosa colaboración de algunos significados miembros del Poder Judicial, el único poder del estado en que el Partido Popular aún es hegemónico, ha hecho todo lo posible para que no se pudiera crear un mínimo clima de entendimiento. Ésa es la señal que el PP manda a Eta después de tres años sin atentados mortales y en el “alto el fuego permanente”.

El gobierno del Psoe—el mejor de los gobiernos posibles, tristemente— puede verse erosionado seriamente porque le acusarán de haber creado esperanzas infundadas. Ya la acusación de Rajoy de que “el gobierno ha pactado con Eta” se cae por su propio peso (ese tipo, Mariano Rajoy, parece en realidad un poco bobalicón: actúa como si creyera que la mayoría de los ciudadanos son tan manipulables como la AVT del PP; tal vez Aznar le puso por eso: un sucesor más corto que él mismo). El gobierno, volviendo a lo que íbamos, tiene que echarle imaginación al asunto. No puede, evidentemente, ceder ante ninguna pretensión política de Eta (o sea, ni mesa de negociación con Batasuna sin que ésta rechace de veras la violencia política, y ni hablar sobre el futuro de Navarra sin que hablen los ciudadanos de Navarra y sus representantes políticos, que para eso están). El deber del estado es proteger los derechos y libertades de todo el mundo.

Pero sí podría el gobierno dar un paso con toda decencia declarando que ningún referéndum de autodeterminación ni nada parecido puede tener lugar no sólo antes de que finalice del todo la violencia y toda violencia, sino hasta que transcurra un tiempo prudencial, que permita la desaparición de la cultura de la violencia y se produzca la reconciliación cívica de la sociedad vasca. Entonces sí; en una situación así, sí que se podrían celebrar referendos de autodeterminación o de lo que hiciera falta. Pero sin esta condición de apaciguamiento previo —y esto es lo que no parece comprender el mundo político y militar abertzale— ningún referendo, cualquiera que fuera su resultado, podría dar lugar a una legalidad estable, a un horizonte de expectativas aceptable sin temor por los vascos.

Eta y Batasuna deben saber que la ciudadanía está harta de temores. ¿Celebran ahí la Navidad? ¿Celebran ahí el nacimiento del profeta del Sermón de la Montaña?

Quizá a algunos no les parezca bien que yo lo diga, pero me temo que, a pesar de las fiestas, lo del etarra De Juana Chaos va a acabar muy mal. Vamos a ver una prueba de fuego del famoso “estado de derecho”.

Para acabarlo de arreglar, los de Al Qaeda se interesan ahora por Ceuta y Melilla. Dentro de poco para tomar un avión habrá que desnudarse. O eso parece, porque la Unión Europea ha declarado secreto lo que la policía le puede exigir al viajero antes de tomar el avión.

Día de Inocentes

Bueno; este año ha habido un Día de Inocentes adelantado: el día que Montilla le dijo a Saura: tú, conseller de Interior.

Corre un rumor según el cual el Tripartito en pleno decidió hacer acto de contricción con propósito de enmienda tras asistir a un pase en catalán de algo tan viejo como la película Vivir, de Akira Kurosawa.

Cuentan también que Ángel Acebes, temeroso de quedar para siempre como un mentiroso, dijo una vez: “Todos los Acebes mienten siempre”.

En los atascos navideños, utilitarios y audis son iguales.

Con la mejor intención, Zapatero, que sigue en la Otan y en Afganistán (sitios donde al parecer se nos ha perdido algo), propugna una “Alianza de civilizaciones”. Pero cualquier persona seria sabe que las civilizaciones no son entes que se puedan aliar. Entretanto ZP compra aviones militares sin piloto para enviarlos a Afganistán. Y no parece una inocentada.

Hablando de cuotas: ¿por qué no una cuota del 50% de clase trabajadora en el gobierno, en las listas electorales, en los consejos de administración, etc.? Compatible con la cuota femenina, claro está.

Volvamos a la realidad. La matanza de Herodes debió ser poca cosa en comparación con las matanzas de niños iraquies y palestinos

Año Nuevo

El año nuevo traerá cargos para todos los de la Esquerra Verda, del Pcc e Iuia. Y liberados sindicales de por vida. Así, todos contentos, y afonía social general.

Se liberalizará más. Más Air Madrid. Más filatelia.

Los Reyes tendrán seguramente incrementos salariales de acuerdo con el incremento del coste de la vida regia.

Está por ver si Israel consigue finalmente una buena guerra civil en el Líbano, y otra en lo que queda de Palestina. Y si los americanos hacen en Irán lo de Iraq.

Pero en Iraq y Afganistán no hay año nuevo.

Noche de Reyes

Queridos Reyes Magos:

Hemos sido buenos porque lo hemos aguantado todo. Traednos pues un poco más de ese opio tan bueno llamado esperanza.

[J.R.C., diciembre 2006]

Sobre la Feria internacional del libro de Venezuela

Francisco Fernández Buey
Caracas y Barcelona, IX/2006

Estuve una semana en Caracas, invitado por los organizadores de la II Feria Internacional del Libro de Venezuela. Primera constatación: ningún medio español, que yo sepa, hizo la más mínima referencia a este acontecimiento cultural. Tal vez porque las editoriales y personas invitadas tampoco suelen aparecer en los suplementos literarios de nuestros periódicos. He aquí los nombres: El viejo topo, la más antigua de las revistas alternativas de nuestros pagos; Txalaparta e Hiru, dos editoriales de Navarra y el País Vasco que han prestado particular atención al pensamiento crítico y en particular a lo que se produce en América Latina; Literastur, un joven proyecto asturiano muy vinculado a la Semana Negra de Gijón, entre cuyos inspiradores está el escritor chileno Luis Sepúlveda. Pero allí estaban también los grandes editores con sede en España: Planeta, Santillana, Ediciones B, Debate y algunos más.

Primera diferencia, importante, respecto de lo que se puede observar en otras ferias libreras que conozco y a las que se dedican, sí, cientos de páginas en nuestros suplementos literarios: allí, en Caracas, en el Parque del Este, todos, grandes y pequeños tenían el mismo espacio, aproximadamente los mismos estantes. Esto hace un panorama también distinto al de otras Ferias: al ser todos iguales no se topa uno, ya de entrada, con la brutalidad que supone la hegemonía absoluta del dinero y del mercado; y, por tanto, predominan en conjunto los pequeños, los alternativos, las editoriales jóvenes con voz propia, los editores que en otros lugares sobreviven entre los márgenes y los subterráneos.

Una diferencia ésta que no fue obstáculo para que jóvenes y mayores expresaran allí, en la FILVEN, su reconocimiento a otros grandes, no grandes del mercado sino grandes en la creación ensayística y poética, casi ignorados cuando no silenciados en España. Tres ejemplos de ese reconocimiento: el escritor cubano Miguel Barnet, del que tanto aprendimos, también aquí, en la década de los sesenta, a propósito de los cimarrones; el poeta venezolano Ramón Palomares, “el de la erupción primigenia del alma humana”, seguramente más conocido hoy en Italia que en España; el poeta brasileño-amazónico Thiago de Melo, amigo y traductor un día de Neruda y venerado ahora por los jóvenes latino-americanos que defienden el ecologismo social.

Cuba era el país invitado a la FILVEN y Guevara el mito revolucionario recordado. Allí vimos la vitalidad creativa, en la poesía, en el ensayo, en el documental, en la canción y en la danza, de la Cuba actual, y la capacidad organizativa de los intelectuales cubanos, cosas de las que se habla aquí mucho menos que de políticas de transición y politiquerías varias. Vimos las últimas publicaciones sobre el “Ché” y escuchamos, de labios de estudiosos y de compañeros suyos en la guerrilla, cosas nuevas que no sabíamos y cosas viejas que aún hay que recordar sobre lo que fue su vida y lo que fue su proyecto revolucionario, entre ellas la aportación más reciente de Paco Ignacio Taibo II, basada en múltiples conversaciones y entrevistas con todos los que fueron sus compañeros y en una reflexión personal tan seria como desenfadada. Otra constatación: después de tantos y tantos intentos de desmitificación interesada y después de tantos cambios como se han producido en el mundo desde su muerte, la figura del “Ché”, el aventurero asmático, el revolucionario constante, el crítico del socialismo frío y el debelador del imperialismo, ahí sigue, intacta, conmoviendo a unos y a otros: a unos por lo que hubo en él de carácter libérrimo; a otros por la solidez de sus convicciones.

Había allí, en la FILVEN, muchos libros sobre el socialismo publicados en varios países de América Latina. Mejores y peores: sobre el socialismo que fue, sobre el socialismo que no pudo ser y sobre el socialismo que se espera que haya algún día; sobre el socialismo como ideal y sobre el socialismo como realidad. Y, sobre todo, había multitud de ensayos sobre los movimientos sociales que están cambiando el panorama de América Latina: empujando a los dirigentes políticos a actuar de otra manera o fundiéndose con los nuevos partidos políticos de raíz indigenista que están modificando la faz socio-cultural de los países andinos. Allí estaban las últimas publicaciones del Consejo Latino-Americano de Ciencias Sociales (CLACSO) sobre filosofía política, ciencias sociales y movimientos sociales, por lo general desconocidas en nuestras librerías.

Y allí había un montón de folletos y libros libertarios que mantienen la memoria de la tradición anarquista hispana, más viva, parece, que en la Península. Tal vez no se sepa bien todavía en Venezuela qué puede ser eso del socialismo bolivariano y cristiano del siglo XXI, anunciado por Chaves, pero saben dónde informarse. Y saben, sobre todo, que no hay nada que aprender de la vieja orientación eurocéntrica que toma el nombre del socialismo en vano. Saben reírse y se ríen, con toda la razón, de los medios de comunicación de la irónicamente llamada “madre patria” que habitualmente denominan “socialdemócrata” a la oposición antichavista (apoyada e inspirada, ay, nada menos que por Mayor Oreja y la FAES).

También había mucha narrativa y mucha poesía, llegadas de Argentina y de Brasil, de Guatemala y de El Salvador, de Colombia, de Perú, de Ecuador y de Cuba. Y revistas, muchísimas revistas jóvenes y nuevas, hechas por personas ilusionadas que empiezan a hacer oír su voz y no viven del mercado mediático. Lo que se escuchó en las largas sesiones del Encuentro de Editores en la FILVEN fue una proliferación, imposible de enumerar aquí, de proyectos interesantísimos que conectan sin duda con las cosas innovadoras que se dicen y se hacen en Bolivia, en Perú, en Chile, en Colombia, en Argentina. Esas cosas conectan, sobre todo, con un proyecto cultural y educativo venezolano que discurre paralelamente a las “misiones” sociales: poner a disposición de los de abajo lo que hasta hace poco sólo podían leer unos pocos de los de arriba. Nada más llamativo para un europeo que observar en la FILVEN las colas de cientos de personas esperando recoger los dos tomos de Los miserables, de Víctor Hugo, editados para la ocasión por la Agencia Estatal en varios cientos de miles de ejemplares para regalar al pueblo.

Tal observación, insólita por estos pagos (en los que hasta los bancos y cajas de ahorros dejaron de regalar libros hace años), lleva a una última reflexión que plantearé en forma de pregunta: ¿no se va a invertir, a partir de ahí, lo que ha sido hasta ahora la relación tradicional entre España y América en la industria del libro? Es cierto que las transnacionales del libro con sede en España son muy poderosas y dominan la distribución, pero a nadie se le escapa que el precio al que estas empresas venden en América Latina es insostenible, fuera del alcance de una población amplia que empieza a leer. Eso va a hacer difícil mantener los índices de exportación actuales.

El petróleo venezolano podría servir para subvencionar una parte de la cultura latino-americana para al pueblo, como sirve ya para subvencionar ahora las operaciones de cataratas de los desfavorecidos o la asistencia social. No hablo sólo de los contenidos de los libros y de la crisis por la que pasa el libro de ensayo entre nosotros, pues al fin y al cabo también las grandes empresas transnacionales publican a Chomsky, por poner un ejemplo. Hablo de lo que más duele en el Imperio: de precios y mercados en el próximo futuro.

Algo así, de producirse, acabaría sustituyendo la hegemonía de las transnacionales hispánicas del libro, limitando su mercado competitivo al libro de bolsillo. Ya ahora está en curso un proyecto muy elaborado para hacer en Venezuela ediciones de gran tirada, impensables aquí, que cuenta, además, con la experiencia de Monte Ávila, cuyo catálogo es excelente, y con la voluntad innovadora de “El perro y la rata”, una editorial creada hace un año. En estas editoriales, vinculadas al Estado venezolano, se editarán, a precios mucho más bajos que aquí, traducciones de ensayos que, sin duda, interesarán a los lectores de España, que ahora sólo encuentran ya libros de esas características en las librerías especializadas o en zonas casi ocultas de las otras librerías (debido, como se sabe, a la presión de los grandes) por pocas semanas. Si ese proyecto cuaja, tal vez veamos, pues, un movimiento de la industrial del libro en lengua castellana inverso al que hemos conocido durante décadas. ¿Podría ser eso parte del socialismo del siglo XXI? ¿Podría volver a darse un fenómeno como el que se produjo con las publicaciones en lenguas extranjeras de la Unión Soviética y China en las décadas centrales del siglo pasado con un flujo que llegara ahora del otro lado del Atlántico?

En cualquier caso, de cuajar ese proyecto entre los aliados latino-americanos de la Venezuela actual, tendríamos una interesante traducción del ideario bolivariano en el plano cultural. De eso se habló también en la FILVEN. Convendría tomar nota. Tomándola, tal vez disminuiría la cháchara eurocéntrica sobre “populismo” y empezáramos a hablar en serio de Estado educador. Que, para europeos no eurocentristas del siglo XXI, es tanto como hablar de renovación del proyecto ilustrado. O así me lo parece.



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