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31 octubre 2007

Controversias científicas


VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
La transición del siglo XVII al XVIII fue testigo de una gran polémica científica en Europa. Los estudiosos de Francia e Inglaterra debatían agriamente sobre la forma de la Tierra. Era preciso aclarar si se trataba o no de una esfera perfecta.
Durante años se llevaron a cabo expediciones examinando el comportamiento de los péndulos y midiendo grados de arco a distintas latitudes… hasta que se llegó a una conclusión oficial, comunicada a la Real Academia de Ciencias de Francia en 1718: “La Tierra es un esferoide achatado en el ecuador y alargado por los polos”. El conflicto era inevitable, porque años antes el inglés Isaac Newton había predicho (acertadamente) lo contrario: Puesto que la Tierra rotaba sobre su eje, la fuerza centrífuga debía ser mayor en el ecuador, y por tanto la esfera terrestre tenía que ser más ancha allí.
La controversia fue larga y dura; se tildó de absurdas a las ideas de Newton y se menospreciaron las predicciones de los modelos basados en teorías y no en datos tomados sobre el terreno. Lo que probablemente nunca ocurrió, y ahí es adonde quiero llegar, es que alguien dijera: “Los científicos debaten sobre la forma de la Tierra, así que no podemos descartar que sea plana”.
Las verdades científicas no son verdades absolutas y generalmente son probabilísticas. A finales del XVII el consenso científico sobre la esfericidad de la Tierra era tan alto que se asumía como una evidencia, por más que se discutieran hasta la saciedad los detalles (con los argumentos científicos de la época, era tan probable que fuera achatada por el ecuador como por los polos). Hoy ocurre tres cuartos de lo mismo con el cambio climático. Por más que, afortunadamente, se discuta mucho acerca de sus detalles, hay consenso científico en que, como destacó en un titular la revista Science en enero de 2001, “Es oficial: Los humanos están detrás de gran parte del calentamiento global”.
Por eso sorprende que no sólo el jefe de la oposición, sino también muchos lectores de este y otros periódicos, invoquen el
“desacuerdo entre los científicos” para dudar del calentamiento del planeta provocado por las actividades humanas. Los científicos discuten mucho del tema, es cierto, pero para conocerlo mejor, no para negar su existencia. Nadie oculta que hay incertidumbres y sólo hablamos de probabilidades. Pero afirmar que la Tierra se calienta, que nuestra manera de vivir impulsa ese calentamiento, y que eso es un problema, no es presuntuosidad de científico, ni una nueva religión, ni dogmatismo, ni bandera del pensamiento único. Es simplemente un hecho en el que debemos apoyarnos para, discutiendo e investigando, aprender más. Y también para mitigarlo.

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